por Miguel Martínez Tomey

Napoleón e Aragón

Una Europa unida (¿unificada, unitaria, uniformizada?) ha sido desde siempre un sueño, un proyecto político para no pocos visionarios a lo largo de la historia. Desde que el Imperio Romano sentase un primer precedente de unión general de los territorios alrededor del Mediterráneo bajo un mismo poder -con la capacidad de dominación que esta circunstancia confería a sus élites-, ha habido varias ocasiones en las que un líder y sus adláteres (estos últimos más o menos en la sombra) han pugnado por alcanzar esa Europa unida. Pero unida… ¿alrededor de qué?

Una Europa unita (¿unificata, unitaria, uniformizata?) ye estata perén un suenio, un proyeuto politico ta no pocos bisionarios á o largo d’a istoria. Dende que o Imperio Romano aposase un primer prezedén d’unión cheneral d’os territorios arredol do Mediterránio baxo un mesmo poder –con a capazidá de dominazión que ista zercustanzia atorgaba á ras suyas elites-, ha abiu bellas ocasions en as que un líder e os suyos adláters (istos zaguers más u menos en a güembra) han punato por alcanzar ixa Europa unita. Pero unita… ¿arredol de qué?

Para Carlomagno primero y Carlos V siglos después, alrededor de un ideal cristiano que cohesionase a los europeos frente a las religiones, culturas o ideologías antagonistas, ya fuesen foráneas (como el islamismo) o nacidas en su seno (heterodoxia, protestantismo). Para otros, como Napoleón o Hitler, alrededor de una concepción puramente política de la unión de Europa, apartada (al menos, así se pretendía) de los condicionamientos religiosos de los anteriores, lo cual no impedía la existencia de sus propios rituales revolucionarios (míticos y reaccionarios en el caso nazi) ni prejuzgaba la altura ética y moral de sus respectivos presupuestos politicos (loables los surgidos de la revolución francesa, execrables los propugnados por el nacional-socialismo). En cualquier caso, independientemente de la virtud o la perversión de sus fundamentos respectivos, todas ellas recurrieron al uso de la fuerza para imponerse.

No hay duda de que hoy día nos encontramos ante la realización de un nuevo proyecto unificador para Europa que no lleva aparejado ni el ejercicio de la violencia física (al menos, de momento) ni la firma de un lider carismático concreto. Aunque sí de un poder bien perceptible: el del gran capitalismo europeo, cuya mano se está dejando notar con toda su crudeza -por tanto, no para bien- desde hace un par de décadas. Esta es la historia presente, la que ahora estamos escribiendo. Pero, dado que aquí nos dedicamos a la historia pasada de Aragón y a sus lecciones para quienes vivimos en el presente, nos ha parecido interesante poner en esta ocasión un ojo sobre el carácter que la dominación napoleónica tuvo en nuestro país, una cuestión poco conocida para el gran público en comparación con la divulgación de los hechos militares de la guerra de 1808-1814.

Tras la rendición de Zaragoza el 21 de febrero de 1809, los franceses se centraron en la represión y el asesinato de los principales instigadores de la movilización popular contra ellos, fundamentalmente religiosos (como el cura Sas o el Padre Boggiero, cuyos cadáveres fueron arrojados al Ebro). Por otra parte, ante el temor a un saqueo generalizado, la Junta de Defensa propuso al Cabildo del Pilar entregar al mariscal Lannes una docena de piezas de su tesoro, algunas de gran valor. Pareció, más que otra cosa, un soborno al jefe militar francés para lograr que éste impusiera la contención en sus tropas, algo tal vez innecesario dada la disciplina con la que generalmente se solían conducir los ejércitos del emperador. ¿O se explica más bien por el desmedido temor que la propaganda antifrancesa había infundido relatando historias sobre asesinatos masivos de religiosos a manos de los “ateos” revolucionarios? Posiblemente ambas cosas intervinieron en un hecho que se ha presentado hasta nuestros días como un “saqueo” francés del tesoro del Pilar, pero del que tan responsable es quien acepto la dádiva como quienes se la ofrecieron sin que mediase requerimiento, amenaza o asalto a dicho tesoro.

Sea como fuere, el 2 de marzo de 1809 el arzobispo de Zaragoza había regresado ya a la ciudad y el 5 ofició una misa solemne en el Pilar en la que se juró el reconocimiento de José I como rey de España y, por tanto, de los aragoneses. A partir de ese momento, pareciera como si nada hubiera pasado: luminarias, festejos taurinos, representaciones teatrales y musicales en las calles… seguramente se mantenía mucha animadversión, pero dentro de una sorprendente tranquilidad. Y en pocos días entró en vigor un decreto que inauguró una nueva era revolucionaria en la historia de Aragón, por el que se suprimían los conventos y en sus edificios se ubicaron instituciones de beneficencia, escuelas, servicios para las parroquias, el ejército, los abastecimientos, la vida pública e incluso los oficios e industrias. Se adoptaron eficaces disposiciones sobre control de precios de los bienes básicos para la población, policía, teatro, actos públicos, aseo, limpieza y ornato…

Todas las aberraciones atribuidas a la revolución francesa y napoleónica se disiparon como lo hizo el humo de la pólvora disparada en la conquista de Aragón. Y muchos, entre el rencor por la brutalidad del ataque francés y la admiración por la modernidad y la relativa libertad política que se adivinaba, empezarían a plantearse también la pregunta de si valió la pena oponer tan encarnizada resistencia al nuevo tiempo que traían consigo los nuevos invasores.

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Ta Carlomagno primero e Carlos V sieglos dimpués, arredol d’un ideyal cristiano que codesionase os europeyos fren á ras relichions, culturas u ideolochías antagonistas, malas que fuesen foranas (como ro islamismo ) u naxitas en o suyo seno (eterodocsia, protestantismo). Ta atros, como Napoleón u Hitler, arredol d’una conzezión puramén politica d’a unión, alpartata (á o menos, asinas se quereba) d’os condizionamientos relichiosos d’os d’antis, cosa que no empachaba a esistenzia d’os suyos propios rituals reboluzionarios (miticos e reyazionarios en o caso nazi) ni prechuzgaba l’altaria etica e moral d’os suyos respeutibos alazez politicos (emponderables os surtitos d’a reboluzión franzesa, endinos os propugnatos por o nazional-sozialismo). En tot caso, fueras d’a bertú u a perbersión d’os suyos alazez respeutibos, totas ellas recorrioron á l’uso d’a fuerza ta imposar-sen.

No cape dandalo beluno de que güei nos trobamos debán d’a reyalizazión d’un nuebo proyeuto unificador ta Europa que no leba amanato ni ro exerzizio d’a biolenzia fesica (á o menos, de momento) ni a firma d’un líder carismatico concreto. Aunque sí d’un poder bien perzeutible: o d’o gran capitalismo europeyo, cuala man se ye fendo notar con toda a suya crudeza –e por ixo, no pas ta bien- dende fa bel par de decadas. Ista ye a istoria presén, a que agora semos escribindo, Pero, dato que aquí nos adedicamos á ra istoria pasata d’Aragón e as suyas lizions ta os que bibimos en o presén, nos ha parixito intresán fer en ista ocasión una gollada sobre o caráuter que a dominazión napolionenca tenió en o nuestro país, una custión poco conoxita ta o gran publico en contimparanza con os feitos melitars d’a guerra de 1808-1814.

Salida e capetulazión d'os esfensors de Zaragoza o 21 de febrero de 1809 / Salida y capitulación de los defensores de Zaragoza el 21 de febrero de 1809

Salida e capetulazión d’os esfensors de Zaragoza o 21 de febrero de 1809 / Salida y capitulación de los defensores de Zaragoza el 21 de febrero de 1809

Dimpués d’a rendizión de Zaragoza o 21 de febrero de 1809, os franzeses se zentroron en a represión e asesinato d’os prenzipals enzurizadors d’a mobilizazión popular cuentra ellos, fundamentalmén relichiosos (como Mosen Sas u o Padre Boggiero, cualos calabres estioron arrullaus ta o Ebro). D’atro constau, debán d’o temor á una saquiadura cheneralizata, a Chunta d’Esfensa proposó á o Cabildo d’o Pilar entregar á o mariscal Lannes bella uzena de piezas d’o suyo tresoro, belunas de gran balor. Parixió, más que más, un soborno á o chefe melitar franzés ta lograr que iste imposase a contenzión en as suyas tropas, bella cosa talmén innezesaria data ra disziplina con a que cheneralmén gosaban autuar os exerzitos d’o emperador. ¿U s’esplica más bien por a esmedita medrana que a propaganda antifranzesa eba prigonata recontando istorias sobre asesinatos masibos e relichiosos á mans d’os “ateos” reboluzionarios? Posiblemén as dos cosas interbinioron en un feito que s’ha presentato dica os nuestros días como una “saquiadura” franzesa d’o tresoso d’o Pilar, pero d’o que tan responsable parixe qui azeutó a dadiba como os que li s’ufrioron sin que meyase requerimiento, menaza u asalto á dito tresoro.

Siga como fuere, o 2 de marzo de 1809 l’arzebispo de Zaragoza eba tornato ya á ra ziudá e o 5 ofizió una misa solene en o Pilar en a que se churó o reconoximiento de Chusé I como rei d’España e, por tanto, d’os aragoneses. Á partir d’ixe inte, parixerba como si cosa no ese pasato: luminarias, festellos taurinos, representazions teyatrals e mosicals en as carreras… de seguras que se manteneba muita terizia, pero drento d’una sosprendén tranquilidá. Y en pocos diyas drentó en oserbanza un decreto que enzetó una nueba era reboluzionaria en a istoria d’Aragón por o que se suprimiban os combentos y en os suyos edifizios s’ubicoron istituzions de benefizenzia, escuelas, serbizios ta ras parroquias, o exerzito, os abastos, a bida publica e mesmo ros ofizios e industrias. S’adotoron eficazes desposizions sobre control de pres d’os biens basicos ta ra poblazión, polizía, teyatro, autos publicos, aseyo, limpieza e ornato…

Todas as aberrazions atrebuyitas á ra reboluzion franzesa e napolionenca s’esbufalioron como ro fazió o fumo d’a polbora disparata en a conquista d’Aragón. E muitos, entre a rangunia por a brutalidá d’o ataque franzés e l’almirazión por a modernidá e a relatiba libertá politica que se recloxidaba, empezipiarban á planteyar-sen también a pregunta de si balió a pena oponer tan fura resistenzia á o nuebo tiempo que trayeban con ellos os nuebos imbasors.

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