El mariscal Suchet, gobernador francés del Reino de Aragón / O mariscal Suchet, gubernador franzés d'o Reino d'Aragón

El mariscal Suchet, gobernador francés del Reino de Aragón / O mariscal Suchet, gubernador franzés d’o Reino d’Aragón

 

Los héroes de los Sitios, nuestros héroes, no eran percibidos así por los franceses, que en todo momento los consideraban como unos fanáticos capaces de las mayores aberraciones por defender el oscurantismo que representaba la España de la Inquisición, la incultura y el atraso, frente al espíritu ilustrado y humanista del que ellos eran portadores.

Os éroes d’os Sitios, os nuestros éroes, no yeran bistos asinas por os franzeses, que en tot momento los consideraban como unos fanaticos capables d’as mayors aberrazions por esfender o escurantismo que representaba a España d’a Inquisizión, a incultura e l’atraso, fren á ro esprito ilustrato e umanista d’o que ellos yeran portiadors.

Esto no les impidió descargar su venganza sobre los vencidos: el primero de ellos, Palafox, quien -gravemente enfermo como estaba- fue obligado a desplazarse a Casablanca a firmar la capitulación, fue desarmado con deshonor y enviado preso a Francia con otro nombre para que nadie siguiese su rastro. Qué no decir de sus soldados: 12.000 hombres que se negaron a jurar lealtad a Napoleón y que fueron llevados prisioneros a Francia. Las instrucciones que dio para ellos el emperador fueron claras:

Recomendaréis un régimen severo y que se tomen medidas para hacer trabajar a estos individuos de buen grado o por la fuerza. Son en su mayoría fanáticos que no merecen ninguna consideración.

Palabras que recuerdan mucho a las que determinaron posteriormente la suerte de tantos deportados a los que se consideró menos que humanos. No es de extrañar que, de los combatientes de Zaragoza, muriesen cada día en las primeras jornadas de su marcha del orden de 300 a 400. Nada que no conociesen -en un grado mucho peor-los 14.000 franceses prisioneros tras la batalla de Bailén y deportados a la isla de Cabrera, de los que sobrevivieron solo 3.700; muchos de ellos perdieron el juicio (por ejemplo: algunos hubieron de alimentarse de los cadáveres de sus compañeros cuando fallecían para no morir de hambre; ¿no es para volverse locos?) o quedaron traumatizados para el resto de sus días. Este “episodio nacional” de la lucha española contra el francés no tuvo nada de heróico ¿no creen?

Pero volvamos a Aragón. Tras la caída de su capital, el general Blake lanzó en abril de 1809 desde la parte oriental de Aragón un contraataque que, tras las alentadoras victorias de Alcañiz y Fonz quedó desbaratado dos meses después. A pesar de ello, el hostigamiento de las guerrillas y la incapacidad de los mandos franceses para acabar de controlar el territorio ocupado en la península (en Aragón quedaban fuera de su control amplias zonas del sur y del este), motivaron un cambio fundamental. Napoleón, inquieto ante la situación, y considerando ineficaz la política contemporizadora de su hermano, el rey José I, decidió separar a Aragón, Navarra, Vizcaya y Cataluña del gobierno de España para administrarlas directamente desde Francia. ¿Un primer paso para su anexión? Fuese o no ese el propósito, el caso es que el decreto de separación del 8 de febrero de 1810 puso al mariscal Suchet como gobernador del “Reino de Aragón” (ya lo era en el plano puramente militar) y marcó un antes y un después, en el que se afianzó la posición de dominio de Francia sobre el territorio y la sociedad aragonesa.

Suchet se aseguró de cumplir a rajatabla las instrucciones de Napoleón de que “la guerra ha de sostener la guerra”, esto es: los ejércitos franceses habrían de sostenerse exclusivamente con los recursos de los territorios en los que operasen. De esta forma, Zaragoza se convirtió en el centro político, administrativo, económico y logístico de un país que había de pagarse los costes de su propia invasión, así como los del avance francés hacia el Mediterráneo.

La respuesta de los aragoneses -no tanto de los numerosos colaboracionistas y amedrentados que hubo- fue la desobediencia o la resistencia pasiva (más o menos manifiesta). Pero Suchet no solo respondió con el secuestro de bienes y rentas de quienes se resistieron, sino que le añadió una onerosa contribución especial de guerra sobre los aragoneses (36 millones de reales al año) destinada, según se dijo, a combatir a los “bandidos” que todavía hacían de Aragón una retaguardia insegura. Asimismo, dividió Aragón en dos “comisarías generales”, con el Ebro como línea divisoria. La norte tendría su capital en Zaragoza y la sur en Cariñena, aunque de hecho se emplazó en Caspe mientras duraron las operaciones militares en el Bajo Aragón.

La reforma de los poderes locales fue, sin embargo, absolutamente ejemplar, acabando con las competencias jurisdiccionales de los ayuntamientos y retirando a los regidores por privilegio nobiliario y a los nombrados por el rey, sistema que se había implantado en Aragón desde la invasión de 1707 por Felipe V y la imposición del sistema castellano. Así que, en lo sucesivo, los nuevos cargos serían elegidos por los mayores contribuyentes de cada localidad. Nada que hoy admitiríamos, pero era mucho más consecuente conlas ideas que abogaban por hacer de la burguesía la fuerza motriz que acabase con la hegemonía de la nobleza propia del antiguo régimen.

No obstante, ni hablar de la recuperación de las libertades políticas aragonesas y del sistema parlamentario y foral anterior a los borbones. Cabe señalar en este sentido que, durante el segundo sitio de Zaragoza, se produjo el políticamente significativo bombardeo con proyectiles incendiarios del antiguo palacio de la Diputación del Reino de Aragón en la noche del 26 al 27 de enero de 1809, que acabó con buena parte de su archivo (que incluía el de las Cortes de Aragón, el Justicia y la Real Audiencia) y casi todas las obras de arte allí depositadas. Para Napoleón las libertades aragonesas de antaño y su cultura política, tan opuestas al absolutismo de reyes y emperadores, no eran “recuperables” para el nuevo proyecto político que deseaba imponer. ¿O será tal vez que no le gustaron las Cortes de Aragón que, incluso después de llevar un siglo derogadas, convocó Palafox para unir y cohesionar a los aragoneses alrededor de sus antiguas instituciones soberanas para luchar contra los franceses?

Con todo, fueron las medidas de carácter fiscal y financiero las más prioritarias para Suchet quien, a pesar del éxito de su conquista de la práctica totalidad del territorio aragonés y de su expansión hacia Valencia, fracasó en asegurar la estabilidad hacendística a la que estaba obligado. Así pues, una nueva reforma plasmada en el decreto de 11 de junio de 1812 dividió el territorio aragonés en cuatro intendencias (Zaragoza, Huesca, Teruel y Alcañiz), que serían además cabezas de partido judicial, y acababa con la división en dos comisarías generales. También creó una Dirección General de la Policía para perseguir a las guerrillas (consideradas como “bandidaje”) y modificó la administración de justicia, manteniendo la Real Audiencia de Aragón (que él presidía en su calidad de capitán general del Reino, como se hacía desde 1707), pero estableciendo nuevos tribunales y modificando las funciones de los jueces. Ello no obsta para que se mantuviese la Junta Criminal Extraordinaria, tribunal de orden público político que había creado en 1810, y en el que, según el decreto de su creación, quienes eran conducidos a ella habrían de ser “condenados en el término de veinticuatro horas a la pena de muerte que será ejecutada inmediatamente sin apelación“. Aterrador ¿no?

Como en tantas cosas contradictorias de la revolución francesa y napoleónica (imponer los derechos del hombre mediante la violencia sobre el hombre -y la mujer-), y de cualquier otra revolución clásica, una de cal y otra de arena: por decreto de 4 de agosto de 1811 se suprimieron los tribunales especiales para eclesiásticos (todos los ciudadanos han de estar sometidos a los mismos jueces y tribunales); pero otro decreto de 22 de abril de 1812 también derogó el derecho foral civil aragonés.

Así pues, también muy significativamente, fue la víspera de la fiesta de San Jorge, patrón de Aragón, cuando el régimen napoleónico eliminó el derecho aragonés, único asidero para la continuidad de la personalidad civil (y, aunque entre líneas, también política) que sobrevivía desde la violenta llegada de los déspotas borbones. El centralismo a ultranza de estilo francés, del que Napoleón fue el alumno más aventajado hasta esa fecha, dio con ello la medida más clara de hasta qué punto Aragón, el pueblo aragonés, no tenía encaje como titular de derechos políticos colectivos diferenciados en el marco del nuevo sistema. El Reino de Aragón no habría de ser sino una provincia del imperio francés que, tal vez integrada en la Gran Francia abarcada entre el Rin y el Ebro (restituyendo así los designios territoriales de Carlomagno), no tendría más referente político, social y cultural que el de cualquier departamento francés actual.* ¿Para bien o para mal? Eso nunca se sabrá: en 1813 las tropas francesas abandonaron Aragón y la Historia tomó otro curso. Sobre la interesante -a la par que estéril- pregunta de qué hubiese sido de Aragón si Napoleón no hubiese sido derrotado, saque cada lectora, cada lector, sus propias conclusiones.

 

Miguel Martínez Tomey

Fundación Gaspar Torrente

* De hecho, en enero de 1812 Cataluña y algunas zonas limítrofes del territorio aragonés como Mequinenza y Fraga fueron incorporadas al Imperio Francés convertidas en cuatro departamentos: Segre, Ter, Segre, Bocas del Ebro y Montserrat.

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Aragoleón

Las cuatro intendencias napoleónicas de Aragón / As cuatre intendenzias napoleonencas d’Aragón

Isto no lis empachó escargar a suya benganza sobre os benzitos: o primero d’ellos, Palafox, qui -grieumén dolento como yera- estió artato de marchar ta Casablanca á firmar a capetulazión, estió desarmato con desonor e nimbiato preso ta Franzia con atro nombre ta que garra chen no siguise o suyo rastro. Qué no dizir d’os suyos solches: 12.000 ombres que refusoron churar leyaltá á Napoleón e que fuoron lebatos presos ta Franzia. As istruzions que dio ta ellos o emperador estioron plateras:

Recomendarez un rechimen sebero e que se prengan midas ta fer treballar á istos endibiduos de buen implaz u por a fuerza. Son en a suya mayoría unos fanaticos que no merexen garra considerazión.

Parolas que remeran muito á ras que determinoron posteriormén a suerte de tantos deportatos á os que se consideró menos que umanos. No ye d’estraniar que, d’os combatiens de Zaragoza, morisen cada día en as primeras chornatas de marcha de l’orden de 300 á 400. Denguna cosa que no conoxesen -en un grau muito pior- os 14.000 franzeses presos dimpués d’a baralla de Bailén e deportatos á ra isla de Cabrera, d’os que perbibioron nomás 3.700; muitos d’ellos perdioron o esmo (por exemplo: beluns abioron d’alimentar-sen d’os calabres d’os suyos compañers cuan fenezeban ta no morir de fambre; ¿no ye como ta tornar-se barrenau?) u quedoron traumatizatos ta o resto d’os suyos días. Iste “episodio nazional” d’a luita española cuentra o franzés no tenió garra d’eroico, ¿no’n creyen?

Pero tornemos ta Aragón. Dimpués d’a cayita d’a suya capital, o cheneral Blake lanzó en abril de 1809 dende a parti oriental d’Aragón un cuentrataque que, dimpués d’as alentaderas bitorias d’Alcañiz e Fonz quedó esbaratato dos meses dimpués. Á penar d’ixo, o fustigamiento d’as guerrillas e a incapazidá d’os mandos franzeses ta rematar de controlar o territorio ocupato en a peninsula (en Aragón quedaban difuera d’o suyo control amplas zonas d’o sur e d’o este), motiboron un cambeo alazetal. Napoleón, permenato por a situazión, e considerando ineficaz a politica contemporizadera d’o suyo chirmán, o rei Chusé I, dezidió trestallar Aragón, Nabarra, Bizcaya e Cataluña d’o gubierno d’España ta almenistrar-las direutamén dende Franzia. ¿Un primer trango enta ra suya anecsión? Fuese u no pas ixe o proposito, o causo ye que o decreto de deseparazión d’o 8 de febrero de 1810 metió á o mariscal Suchet como gubernador d’o “Reino d’Aragón” (ya lo yera en o plano puramén melitar) e marcó un antis e un dimpués, en o que s’asoló a posizión de dominio de Franzia sobre o territorio e a soziedá aragonesa.

Suchet s’aseguró de cumplir á puños pretos as estruzions de Napoleón de que “a guerra ha de sustener a guerra”, isto ye: os exerzitos franzeses eban de sustentar-sen esclusibamén con os recursos d’os territorios en os que operasen. D’ista traza, Zaragoza se combirtió en o zentro politico, almenistratibo, economico e lochistico d’un país que eba de bosar-se os costes d’a suya propia imbasión, asinas como os de l’abanze franzés enta o Mediterránio.

As respuesta d’os aragoneses -no tanto d’os lumerosos colaborazionistas e amedrentitos que bi n’abió- estió a desobedienzia u a resistenzia pasiba (más u menos manifiesta). Pero Suchet no solo respostió con o emparamiento de biens e rendas d’os que se resistioron, sino que l’adibió una abusiba contrebuzión espezial de guerra sobre os aragoneses (36 millons de reyals á l’año) destinata, seguntes se dizió, á combatir os “bandidos” que encara feban d’Aragón una retaguarda insegura. Asinasmesmo, trestalló Aragón en dos “comisarías chenerals”, con o Ebro como línia estalladera. A norte eba de tener a suya capital en Zaragoza e a sur en Cariñena, anque de feito se plazó en Caspe mientres duroron as operazions melitars en o Baxo Aragón.

O reparo d’os poders locals estió, manimenos, asolutamén exemplar, acabando con as competenzias churisdizionals d’os conzellos e retirando á os rechidors por prebilechio nobiliario e a os nombratos por o rei, sistema que s’eba implantato en Aragón dende a imbasión de 1707 por Felipe V e a imposizión d’o sistema castellano. Asinas que, en o suzesibo, os nuebos cargos estarban eslechitos por os mayors contribuyens de cada localidá. No ye denguna cosa que agora almitirbanos, pero yera muito más consecuén con as ideyas que abogaban por fer d’a burguesía a fuerza motriz que acabase con a echemonía d’a nobleza propia de l’antigo rechimen.

Sin dembargo, ni fablar d’a recuperazión d’as libertaz politicas aragonesas e d’o sistema parlamentario e foral anterior á os borbons. Ye de siñalar en iste sentiu que, en o segundo sitio de Zaragoza, se produzió o politicamén senificatibo bombardeyo con proyeutils inzendiarios de l’antigo palazio d’a Deputazión d’o Reino d’Aragón en a nuei d’o 26 á o 27 de chinero de 1809, que acabó con buena cosa d’o suyo archibo (que encluyiba o d’as Cortes d’Aragón, o Chustizia e a Reyal Audienzia) e cuasi todas as obras d’arte astí depositatas. Ta Napoleón as libertaz aragonesas d’antis más e a suya cultura politica, tan opuestas á l’asolutismo de reis y emperadors, no yeran “recuperables” ta o nuebo proyeuto politico que deseyaba imposar. ¿U será talmén que no li cuacoron as Cortes d’Aragón que, mesmo dimpués de lebar un sieglo zircunduzitas, combocó Palafox ta unir e codesionar á os aragoneses arredol d’as suyas antigas istutizions sobiranas ta luitar cuentra os franzeses?

Con tot e con ixo, estioron as midas de caráuter fiscal e finanziero as más prioritarias ta Suchet qui, á penar d’o esito d’a suya conquista d’a prautica totalidá d’o territorio aragonés e d’a suya espansión enta Balenzia, fracasó en asegurar a estabilidá d’a fizienda á ra que yera obligato. Asinas pues, un nuebo reparo plasmato en o decreto de 11 de chunio de 1812 estalló o territorio aragonés en cuatro intendenzias (Zaragoza, Uesca, Teruel e Alcañiz), que estarban antimás capezas de partito chudizial, e ausidiba a dibisión en dos comisarías chenerals. Tamién creyó una Direzión Cheneral d’a Polizía ta engalzar as guerrillas (consideratas como “bandidache”) e modificó l’almenistrazión de chustizia, mantenento a Reyal Audienzia d’Aragón (que el presidiba en a suya calidá de capitán cheneral d’o Reino, como se feba dende 1707), pero establindo nuebos trebunals e modificando as funzions d’os chuezes. Ixo no empachó que se mantenese a Chunta Criminal Estraordinaria, trebunal d’orden publico politico que eba establito en 1810, y en o que, seguntes o decreto d’a suya creyazión, os que yeran lebatos debán d’ella eban d’estar “condenatos en o termino de benticuatre oras á ra pena de muerte que será executata inmeyatamén sin d’apellazión“. Terrorifico ¿no?

Como en tantas cosas cuentraditorias d’a reboluzión franzesa e napoleonenca (imposar os dreitos de l’ombre meyante a biolenzia sobre l’ombre -e a muller-), e de cualque atra reboluzión clasica, una de cal e atra d’arena: por decreto de 4 d’agosto de 1811 se suprimioron os trebunals espezials ta eclesiasticos (toz os ziudadanos han d’estar sozmesos á os mesmos chuezes e trebunals); pero atro decreto de 22 d’abril de 1812 tamién zircunduzió o dreito foral zebil aragonés.

Asinas pues, tamién pro senificatibamén, estió a brispa d’a fiesta de San Chorche, patrón d’Aragón, cuan o rechimen napoleonenco eliminó o dreito aragonés, o unico agarradero ta ra continidá d’a presonalidá zebil (e, anque entre línias, tamién politica) que perbibiba dende a biolenta arribata d’os despotas borbons. O zentralismo á ultranza d’estilo franzés, d’o que Napoleón estió ro escolano más abentaxato dica ixa calendata, dio con ixo a mida más platera de dica qué punto Aragón, o pueblo aragonés, no teneba encaxe como tetular de dreitos politicos coleutibos esferenziatos en a bastida d’o nuebo sistema. O Reino d’Aragón no eba d’estar sino una probinzia d’o imperio franzés que, en entegrar-se en a Gran Franzia abastata entre o Rin e o Ebro (restatuezendo asinas os desinios territorials de Carlomagno), no tenerba más referén politico, sozial e cultural que o de cualque departamento franzés autual.* ¿Ta bien u ta mal? Ixo nunca no se sabrá: en 1813 as tropas franzesas abandonoron Aragón e a Istoria pilló atra endrezera. Sobre a intresán -tot de bez que baziba- pregunta de qué ese estato d’Aragón si Napoleón no ese estato redotato, saque cada leutora, cada leutor, as suyas propias conclusions.

 

Miguel Martínez Tomey

Fundación Gaspar Torrente

 

* De feito, en chinero de 1812 Cataluña bellas atras zonas limitrofes d’o territorio aragonés como Mequinenza e Fraga fuoron incorporatas á ro Imperio Franzés combertitas en cuatro departamentos: Segre, Ter, Segre, Bocas d’o Ebro e Montserrat.

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