por Miguel Martínez Tomey

Pdf en CASTELLANO: El gobierno y Fernando II

Pdf en ARAGONÉS: O gubierno e Ferrando II

Isa y Fer

Un príncipe de nuestros tiempos, al cual no está bien nombrar, jamás predica otra cosa que paz y lealtad, y en cambio es enemigo acérrimo de una y otra; si él las hubiera observado, muchas veces le habrían quitado la reputación o el Estado.

…alegando siempre el pretexto de la religión para poder llevar a efecto las mayores hazañas, recurrió a una devota crueldad, expulsando y despojando a los moros de su reino: no puede ser este ejemplo más miserable ni más extraño.
…y así siempre ha hecho o concertado cosas grandes, las cuales siempre han tenido sorprendidos y admirados los ánimos de sus súbditos, y ocupados en el resultado de las mismas. Estas acciones han nacido de tal modo una de otra, que, entre una y otra nunca ha dado a los hombres espacio para poder urdir algo tranquilamente contra él.
Estas tres referencias (la primera generalmente admitida por los historiadores, las otras dos explícitas) de Nicolás Maquiavelo a Fernando II de Aragón, entresacadas de su obra más renombrada, El Príncipe, parecen tener la cualidad de describir también en nuestros días la admirable capacidad que el Rey Católico tuvo durante su vida para, a un tiempo, encandilar y pretextar, engañar y suscitar admiración. Fernando II, cual Cid Campeador puesto sobre su caballo después de muerto para vencer las batallas que sus seguidores querían ganar para sí mismos (que ya no para él, que ni sentía ni padecía) sigue siendo colocado a lomos de briosos corceles ideológicos para ganar las batallas, cuando no cruzadas, de nuestros príncipes del siglo XXI.
Consecuentemente con ese afán, los actuales gobiernos de Aragón y de España han organizado una interesante exposición sobre Fernando II de Aragón que, a la vista de las piezas reunidas y de la escrupulosa profesionalidad de los especialistas de la Universidad de Zaragoza encargados de su asesoramiento, no dudamos de que será de una altísima calidad formal. Sin embargo, el título con el que se lanza “El rey que imaginó España y la abrió a Europa” (enunciado al estilo de los títulos de las novelas suecas), lleva la inconfundible marca del político, no la del historiador.
¿Cómo si no es posible aseverar con tal rotundidad que Fernando II “imaginó España” en ausencia de todo fundamento documental mínimamente sólido? Más aún: ¿qué entienden los promotores de la exposición por “España” en el contexto del siglo XV? Y, deduciendo de tan sorprendente frase-título, que la España que imaginó Fernando II llegó a materializarse estando él vivo ya que –según se proclama– la “abrió a Europa”: ¿de verdad la abrió él? ¿es que estaba “cerrada” a Europa antes de su llegada al trono?
Como apuntaba Maquiavelo (contemporáneo suyo, no lo olvidemos), Fernando poseía la gran habilidad de llevar a cabo los actos de violencia y deslealtad que entendió necesarios de acuerdo con su propio interés como estadista y, al tiempo, disfrazarlos con los más nobles pronunciamientos y pretextos, salvaguardando con ello su buena reputación. Dado que, además, consiguió mantener a todos ocupados con las consecuencias de sus acciones, encadenadas de forma que nadie fuese capaz de reaccionar contra la verdadera naturaleza de éstas, casi podríamos afirmar que quienes concibieron el título de esta exposición nos han obsequiado con la pieza más genuinamente “fernandina” de la muestra, descollando como alumnos aventajados de su “escuela política”.
Porque una vez más, utilizando la gran necesidad que tenemos las aragonesas y aragoneses de reivindicarnos frente a tergiversadores pancatalanistas de una Historia que constituye uno de nuestros pilares identitarios, se nos ofrece disfrutar de un cordero de hermosa piel bajo la que aulla sus proclamas un lobo tan voraz de nuestras entrañas como el que nos acecha más allá de la clamor de Almacellas. Ambos son lobos, sin duda, y solo la torpe falta de pudor del segundo (más impaciente y conspicuo, nada fernandino) al prescindir de cualquier piel de cordero le hace parecer infinitamente más malo que el que se está merendando nuestra memoria histórica sin que nos enteremos.
Atengámonos a la Historia para aseverar que Fernando fue un príncipe acuciado por enormes dificultades y que, como niño que se educó (siguiendo la tradición aragonesa) compartiendo plenamente las vicisitudes de gobierno su padre, Juan II, se vio traumáticamente obligado a aprender deprisa y a desarrollar la más descarnada astucia: la que nace del afán de supervivencia en medio de un estado de permanente vulnerabilidad. Su propio nacimiento en Sos se explica porque su madre tuvo que buscar un lugar razonablemente seguro, aunque próximo, siquiera a unos pocos kilómetros de una Navarra cruelmente asolada por la guerra civil en la que su padre Juan II se estaba jugando su suerte y la de su estirpe.
Pero las cosas no harían sino ir a peor para los Trastámara de Aragón. La crisis económica que desde la segunda mitad del siglo XIV padecía Cataluña estaba agudizando una grave crisis social. En 1412, la iniciativa de las élites aragonesas había aprovechado la debilidad catalana para conseguir, con el Compromiso de Caspe y el cambio de dinastía, desplazar el centro político de la Corona de Aragón arrebatándoselo a Cataluña y haciendo que retornase al Reino de Aragón, apostar por una diversificación comercial volcada hacia Castilla y el ámbito Atlántico que superase el estancamiento del comercio mediterráneo y sustituir a Inglaterra por Castilla como aliado frente a la cada vez más amenazadora Francia. Pero, si en lo económico las cosas habían ido bastante bien para Aragón y Valencia con este estratégico viraje geopolítico, el declive catalán proseguía y acumulaba tensiones equiparables a las de un polvorín que, con la chispa del conflicto navarro, iban a estallar en una guerra civil que duraría diez años (1462-1472) con secuelas posteriores de enfrentamientos en el Rosellón y la Cerdaña entre Aragón y Francia.
La rebelión de una parte de la sociedad catalana, encabezada por su Diputación, llevó a ésta a declarar el destronamiento de Juan II en favor sucesivamente de los reyes de Castilla, Portugal y de la Casa de Anjou. Éstos no dudaron en intervenir militarmente contra Juan II, poniéndole contra las cuerdas y exigiendo un sobreesfuerzo militar y financiero que pesó negativamente sobre la recuperación económica que estaban conociendo los reinos de Aragón y Valencia.
En esos años, Juan hubo de concertar y romper alianzas alternativamente con castellanos, franceses y borgoñones en función de los vaivenes que dictaban los avatares bélicos; en pocas ocasiones se había encontrado la Corona de Aragón tan atacada por diferentes potencias rivales y tan carente de aliados fiables, con el agravante de que el conflicto se desarrollaba en su propio territorio y amenazaba con la pérdida de Cataluña. Una situación angustiosa para la corte aragonesa que, sin duda, marcaría una fuerte impronta en el carácter del joven Fernando, tan vinculado desde su más tierna infancia a la actividad política, diplomática y militar del país. Es muy posible que todo ello marcase su personalidad, inculcándole un vivo anhelo de poder y desarrollando su astucia, su capacidad de disimulo y su implacable acción hacia quienes considerase como amenazas reales o simplemente potenciales.
Así las cosas, Juan II, rey repudiado por una parte de sus súbditos y asediado militarmente por quienes deseaban suplantarle, buscó apoyo en una rama de la familia real castellana (también de la dinastía Trastámara) que conspiraba para hacerse con la Corona de Castilla. Ambos grupos de interés se hallaban en una posición de debilidad en sus respectivos Estados que deseaban superar, y Juan II no dudó en tomar la iniciativa para aunar sus fuerzas. La alianza política era indisociable de la circunstancia familiar, y el matrimonio era la forma de establecer esos vínculos fiables que permitían apuntalar los linajes en peligro o con ambiciones y la potestad política que éstos llevaban o podían llevar asociada. En ese contexto nació el incierto matrimonio (léase también “alianza político-dinástica”) de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla.Chuané
Desde la perspectiva de Juan y Fernando, si este matrimonio (que, recordémoslo, se acordó tras arduas y largas negociaciones) fructificaba, Aragón podía asegurarse reforzar su alianza con Castilla, que se había visto socavada desde el Compromiso de Caspe por el conflicto de los infantes de Aragón y que incluso había puesto a ambos países en guerra en diferentes episodios, siendo el más amenazador el producido con ocasión de la guerra de Cataluña. El matrimonio de Fernando con Isabel permitía conjurar el peligro de que Francia y Castilla volviesen a quedar alineadas contra Aragón en un momento en que Inglaterra, que había sido derrotada en la Guerra de los Cien Años, ya no tenía capacidad para actuar en el continente europeo como aliada de Aragón al haber perdido Aquitania. Además, y continuando con la nueva apuesta comercial de Aragón, Castilla representaba un mercado cada vez más importante para las exportaciones aragonesas, valencianas y catalanas, así como una vía hacia el cada vez más pujante mercado atlántico.
Para unos estadistas en una posición tan vulnerable como la que ocupaban Juan II y su hijo Fernando (jurado en 1461 como heredero de Aragón y, desde 1468, rey de Sicilia), la alianza matrimonial con Castilla tenía, además de las ya enunciadas, otras ventajas potenciales: Castilla había adquirido unas dimensiones territoriales, demográficas y económicas enormes a lo largo de la Edad Media, pero políticamente era muy débil, permanentemente dividida y en disputa. Para un par de hábiles urdidores como Juan y Fernando, Castilla aparecería a sus ojos como una especie de “fortachón” que les podía defender de otros agresores pero al que podían manipular con relativa facilidad en interés propio.
No cabe duda de que la boda con la princesa Isabel de Castilla era para ellos una “inversión de futuro”, a pesar de que el enfrentamiento de ésta con su medio hermano Enrique IV había reducido enormemente sus posibilidades de heredar el trono. La habilidad de los Trastámara aragoneses y de sus aliados castellanos y, no lo olvidemos, su buena suerte permitieron que su apuesta rindiese sus beneficios. Las cesiones protocolarias (por ejemplo, en el orden de preeminencia heráldica y de los títulos acumulados) hechas en las negociaciones satisfacían el orgullo de los castellanos, pero la diferente potestad regia que los ordenamientos aragonés y castellano reconocían a cada uno de los consortes hacía que Fernando co-reinase en Castilla con Isabel, pero no lo contrario. Isabel no era reina de Aragón con todas las potestades de las que gozaba en Castilla, era meramente una reina consorte. Esto permitió a los aragoneses, una vez domeñadas las diferentes facciones de poder de Castilla y, aunadas sus energías, aplicándolas de forma prioritaria a la culminación de la reconquista castellana (verdadero “campo de pruebas” de lo que Fernando podía llegar a obtener de su nuevo reino), movilizar los ingentes recursos castellanos para asegurar las fronteras aragonesas, recuperar los territorios perdidos a manos de Francia y consolidar e incluso aumentar sus dominios en Italia y el Mediterráneo.
Para la seguridad e integridad territorial de la Corona de Aragón el beneficio fue inmediato y Aragón y Valencia recuperaron su pulso económico, si bien la Cataluña derrotada y arruinada (especialmente la ciudad de Barcelona) quedó sumida en el estancamiento, sin más ventaja en lo social y -a más largo plazo- en lo económico que la emancipación (previo pago) de los campesinos sometidos a las cargas y malos usos de los señoríos. Sin embargo, la capacidad que había adquirido Fernando para fortalecer su posición en el marco del equilibrio de poderes de la constitución pactista de sus estados aragoneses comenzó a socavar los cimientos de éstos, en un proceso que habría de continuar a lo largo de un siglo y medio antes de ser violentamente abolidos en 1707 a pesar del periodo de relativo respeto del que habían vuelto a gozar desde a mediados del siglo XVII.
Efectivamente, los usos de la corte castellana que Fernando trató de trasplantar a Aragón, y que en un principio se limitaron al plano de lo protocolario (por ejemplo, su inaudito empeño en 1472 por entrar en la ciudad de Zaragoza bajo palio ante el estupor de las autoridades), se trasladaron progresivamente al plano de los hechos políticos de calado. Sin embargo, su acción desequilibradora del sistema político aragonés no fue tan torpe como para osar atacarlo frontalmente, sino que empleó medios indirectos que se revelaron muy eficades para cortocircuitar los controles forales frente a las acciones arbitrarias del rey. Así, la instauración en 1483 de la “nueva” Inquisición le permitía contar con una verdadera policía secreta que, so pretexto de la ortodoxia religiosa, ejerció un férreo control político e ideológico de la población en todos sus dominios y sustraer sus acciones represivas del sistema de garantías forales. Asimismo, en 1487 se apropió del gobierno de la ciudad de Zaragoza que, además de ser un centro de poder decisivo como capital del país y por ejercer un fuerte liderazgo dentro del brazo de las universidades en las Cortes de Aragón, gozaba de un excepcional instrumento de represalia unilateral y desaforada, que la ciudad podía ejercer y ejercía de hecho a su arbitrio cuando se consideraba que sus intereses habían sido perjudicados por terceros: el Privilegio de los Veinte.
Así pues, aun mostrando toda su vida un escrupuloso respeto formal y material de la constitución aragonesa, Fernando II se procuró instrumentos que, amparados por el pretexto religioso de la pureza de la fe o mediante el control del poder de su ciudad capital, le permitieron realizar acciones destinadas a imponerse sobre la foralidad y su sistema de garantías legales, personales y políticas. Estas importantes brechas en el edificio político aragonés quedaron abiertas y en manos de sus sucesores Habsburgo, quienes las aprovecharon y ampliaron para someter al país a sus pretensiones absolutistas como emperadores y reyes “modernos”, aspecto tradicionalmente muy celebrado por la historiografía española que desde los tiempos de Menéndez Pidal (1869-1968) se ha dedicado a predicar el carácter “fundador de España” de los Reyes Católicos en apoyo sus ideas políticas, especial aunque no exclusivamente, durante la dictadura franquista, teniendo todavía un sorprendente grado de predicamento en nuestros días.
La nueva filosofía del poder proyectada en los planos político, ideológico, religioso, social y cultural (indisociables en esa época) a través de la Inquisición fue determinante para que los dominios de Isabel y Fernando comenzasen su progresivo cierre a las ideas e innovaciones de Europa. Fernando fue precisamente el rey que, de haberse podido llamar “España” a ese conjunto de Estados, la cerró a Europa. La España o Españas que había antes de la llegada al trono de Fernando habían estado abiertas desde siempre; sus fronteras eran mucho más permeables incluso que las actuales y las gentes y mercancías (solo con excepcionales limitaciones en algunas ocasiones), ideas y modas, las atravesaban más libremente incluso que en nuestros tiempos. Sus sucesores habsburgo y borbones no hicieron sino profundizar en esos supuestamente “modernos” instrumentos que fundó Fernando y que condenaron a esa España que algunos políticos interesados afirman que imaginó al subdesarrollo ideológico, científico, tecnológico, ético, moral y económico cuyas consecuencias todavía lastran nuestro progreso y bienestar en el siglo XXI. Si la tesis de “imaginar España” merece al menos el beneficio de un debate, la de “haberla abierto a Europa” es tan incompatible con la experiencia histórica que se diría que la ha acuñado un cínico con ánimo de ofender. Pero ese es precisamente otro de los clamorosos silencios de esta exposición organizada por nuestros apologéticos gobernantes: la ausencia de toda referencia a la Inquisición y la expulsión de los judíos. Una vez más, la Historia se manipula tanto por acción como por omisión.
Fernando II benefició a la Corona de Castilla en beneficio de la Corona de Aragón (incluso la adscripción de la conquistada Navarra a la Corona de Castilla, por ejemplo, aseguró la implicación castellana en cualquier conflicto con Francia en los Pirineos) y en esa misma lógica favoreció los intercambios y la coordinación entre los distintos Estados de los que era monarca. No en vano él desarrolló el sistema de virreinatos y constituyó el Consejo de Aragón para llevar a cabo esa labor desde Castilla, nuevo centro político de este imperio Trastámara. No es de extrañar que las cortes castellanas reunidas en Toledo en 1480 recogiesen en una ley las palabras de los monarcas al proclamar que

Pues por la gracia de Dios los nuestros Reynos de Castilla y de León y de Aragón son unidos, y tenemos esperanza que por su piedad de aquí en adelante estarán unidos, y permanecerán en una corona Real: E así es razón que todos los naturales de ellos traten y comuniquen en sus tratos y facimientos

¿Se puede colegir de estas palabras y de otros textos de la época de tenor similar (ninguno va más allá del que hemos reproducido arriba) que Fernando “imaginó” España? Ningún historiador mínimamente escrupuloso lo sostendría. Nada demuestra que lo que se promueva sea otra cosa que la colaboración de todos para mantener un edificio político compuesto de países distintos cuya única (aunque importantísima) institución común es la jefatura del Estado. El propio texto toledano refleja un desideratum de que esa unión dinástica perdure, pero no constituye un acta o instrumento legal de unión o –todavía menos- de fusión en un Estado unitario; ni siquiera se conoce ningún fuero o acto correspondiente que fuese en dicha línea emanado de las cortes generales o privativas de los Estados de la Corona de Aragón. Tampoco era la primera unión dinástica intentada a lo largo de la Edad Media entre ambas coronas o con la de Portugal. Si hablamos de “imaginar España” en un sentido político que, normalmente, debería corresponderse con el sentido geográfico que la palabra “España” ha tenido desde los tiempos de los romanos, tendrían tantos o más méritos Alfonso I de Aragón o cualquiera de los reyes leoneses entre los siglos X y XII que Fernando II de Aragón.Salón
De hecho, para los Reyes Católicos España también era una noción esencialmente geográfica. Su unión dinástica y el desarrollo de nuevas instituciones y órganos de coordinación comunes no suponían la construcción de un Estado en la medida en que, por sí mismos, no sustituían a los títulos de soberanía territorial originarios en los que se fundamentaban sus respectivas potestades regias. La leyenda que figura en el friso del salón del trono del palacio real de Zaragoza (la Aljafería) realizado en 1491, reproduce la denominación oficial de sus títulos políticos de soberanía: Ferdinandus, Hispaniarum, Siciliae, Corsicae, Balearumque rex significa en castellano “Fernando, rey de las Españas, Sicilia, Córcega y Baleares”. De forma más prolija podríamos expresarlo así: Fernando es el soberano de diferentes reinos y principados de España y, fuera de ese ámbito geográfico concreto de la Europa continental, de los reinos homónimos situados en las islas o archipiélagos de Sicilia, Córcega y Baleares. ¡Allí lo tienen escrito, en el salón del trono del palacio de los Reyes de Aragón que aloja la exposición, salón que han recorrido juntos la Presidenta Rudi, el Rey Felipe VI y sus respectivos equipos de cortesanos del siglo XXI! ¿Dónde demonios ven todos ellos el sujeto político denominado España cuando el propio Fernando II les ha puesto por escrito delante de sus narices que no era así, que se trataba de otra cosa?
Teniendo en cuenta lo propensos que eran y siguen siendo los hombres y mujeres de Estado a reflejar sus aspiraciones y anhelos en sus proclamas más solemnes y de mayor calado político y propagandístico (y la del friso de la Aljafería lo es: en ella, por ejemplo, Fernando se reafirma como rey de Córcega, isla sobre la que los aragoneses no tenían control efectivo desde 1434, ni volverían a tenerlo jamás), extraña que esa idea que supuestamente imaginó de una única España política no quedase plasmada en la denominación de su título con un inequívoco Rex Hispaniae que, por si sola, no sería una evidencia concluyente de su concepción de un Estado español unitario, pero al menos no contradiría tal posibilidad.
Por si quedase alguna duda sobre las posibles concepciones o ensoñaciones políticas de Fernando, su conducta durante los últimos años de su vida todavía nos ayudará más a poner las cosas en su sitio: la ausencia de un heredero varón que asegurase el mantenimiento de la misma capacidad de control político de su dinastía en las coronas de Castilla y Aragón (en este último las reinas transmiten la corona pero carecen de potestad regia) y la inevitable toma de control político que supuso la entronización en Castilla de Felipe de Habsburgo acabaron desplazando a Fernando como factótum fundamental o eje del edificio político que había creado en colaboración con Isabel de Castilla, viéndose de nuevo desplazado al quedar únicamente como rey de sus Estados patrimoniales de la Corona de Aragón. Tras la conquista de Granada Fernando había conseguido el apoyo de la bien engrasada maquinaria de guerra castellana para detener la expansión francesa en Italia (guerra de 1494-1498) e incluso aumentar su dominio territorial en la zona completando la anexión del reino de Nápoles (guerra de 1501-1504) a expensas de Francia y ocupando diversas plazas estratégicas del norte de África. La muerte de Isabel en 1504 y la irrupción de Felipe de Habsburgo (llamado “el Hermoso”) apoyado por la nobleza castellana, acabaron excluyendo a Fernando en 1506 del ejercicio efectivo del poder en Castilla.
Fernando era consciente de que con la muerte de Isabel, que se produjo en noviembre de 1504, su alianza castellana tocaba a su fin y había que considerar nuevas alternativas para asegurar la posición de la Corona de Aragón en el contexto internacional. Así pues, no perdió tiempo en comenzar a negociar una alianza con Francia que pudiese restablecer el equilibrio de fuerzas ante la inminente ruptura de la alianza con Castilla. Para descartar la posibilidad de que se produjese una sucesión castellano-habsburguesa para el trono de Aragón y consolidar su relación con su nuevo aliado concertó su matrimonio con la princesa Germana de Foix, con la que buscó afanosamente tener un descendiente privativo de la Corona de Aragón. Asimismo, se aseguró con rapidez el pleno control aragonés sobre Nápoles destituyendo a Gonzalo Fernández de Córdoba como virrey y jefe del ejército allí desplegado el cual, muy airado y herido en su orgullo, se despachó con una furibunda invectiva contra el “desagradecido” rey aragonés. La farsa de las “Cuentas del Gran Capitán” es toda una bravata que ha hecho las delicias del militarismo españolista y antiaragonés, pero su verdadera significación radica en poner de relieve la enorme desconfianza de Fernando hacia Castilla y el riesgo de que en un golpe de mano ésta llegase a apropiarse de las conquistas italianas.
Los acontecimientos posteriores jalonan claramente la deriva rupturista entre Fernando y Castilla: en octubre de 1505 (no había transcurrido ni un año desde la muerte de Isabel I) ya estaba casado Fernando con Germana de Foix, y en los meses posteriores Felipe el Hermoso, con el apoyo de la nobleza castellana (los poderes urbanos, sin embargo, apoyaban a Fernando), provocaron la renuncia de Fernando al gobierno de Castilla y su retirada a Aragón. Como vemos, Fernando actuó de una forma que descarta claramente la existencia de toda idea o “imaginación de España” en su acción política. Sin renunciar en todo lo posible a influir en la política castellana, Fernando ya no se parece a un “rey español” sino que se vuelve a mostrar ante nuestros ojos el astuto rey aragonés (con pretensiones absolutistas y personalistas) que, a pesar de las apariencias, nunca dejó de ser.
La alianza matrimonial y política entre las ramas aragonesa y castellana de los Trastámara era ante todo eso: un imperio trastámara que solo habría de durar mientras fuese útil para los fines diferenciados de sus creadores. Su finalidad esencial fue la de movilizar los recursos combinados de Aragón y Castilla en beneficio propio y, de perdurar, en beneficio del príncipe de sexo masculino que hubiese de suceder a Fernando e Isabel. Para Fernando, en ausencia de sucesor apropiado para mantener este esquema dinástico, la alianza debería romperse para no hacer peligrar de nuevo la seguridad e integridad de sus posesiones patrimoniales, que eran las de la Corona de Aragón, si se convertía en un mero satélite de la Corona de Castilla, como acabó sucediendo a causa de su fracaso en el intento de separar ambas coronas al final de su vida.
Acompañado como había estado siempre por la fortuna, ésta le abandonó en ese último objetivo político de su vida y, como consecuencia de ello, confirmando de nuevo su aguda inteligencia como hombre de Estado para prever los acontecimientos futuros, Aragón cayó bajo el control de la nueva dinastía imperial y castellanocentrista que profundizó progresiva e inexorablemente en el proceso de asimilación que, solo por la fuerza de las armas y la imposición alumbró, dos siglos después de la muerte de Fernando, el Estado unitario al que se ha dado en llamar España.

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Un prenzipe d’os nuestros tiempos, á qui no está bien nombrar, nunca no pedrica atra cosa que paz e leyaltá, y en tornas ye enemigo zerrino d’una e d’atra; si el las ese oserbato, muitas begatas l’esen sacau a reputazión u ro Estau.
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..alegando sempre a desincusa d’a relichión ta poder lebar á efeuto as mayors fazañas, recurrió á una debota crueldá, forachitando y espullando os moros d’o suyo reino: no puede estar iste exemplo más miserable y más estranio.
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..e asinas sempre ha feito u conzertato cosas grans, as cuals sempre han teniu sosprenditos y enarcatos os animos d’os suyos soxetos, e ocupatos en o resultato d’as mesmas. Istas azions han naxito de tal mena una d’atra, que, entre una e atra nunca no ha dato á os ombres pati ta poder tramiar bella cosa tranquilamén cuentra el.

Istas tres referenzias (a primera cheneralmén almitita por os istoriadors, as atras dos esplizitas) de Nicolás Maquiavelo á Ferrando II d’Aragón, entresacatas d’a suya obra más renombrata, O Prenzipe, parixen tener a cualidá de describir tamién en os nuestros diyas l’almirable capazidá que o Rei Catolico tenió en a suya bida ta, tot de bez, embazilar e desincusar, engañar e probocar almirazión. Ferrando II, cual Zid Campiador meso sobre o suyo caballo dimpués de muerto ta benzer as barallas que os suyos seguidors quereban que ganase ta ellos mesmos (que no pas ta el, que ni sentiba ni padexeba) sigue estando meso á lomos de briosos corzels ideolochicos ta ganar as barallas, cuan no as cruzatas, d’os nuestros prenzipes d’o sieglo XXI.
Con ista mesma angluzia, os autuals gubiernos d’Aragón e d’España han organizato una intresán esposizión sobre Ferrando II d’Aragón que, á ra bista d’as piezas acorporatas e d’a escrupulosa profesionalidá d’os espezialistas d’a Unibersidá de Zaragoza encargatos d’o suyo asesoramiento, no dudamos de que será d’una altisma calidá formal. Manimenos, o tetulo con o que se lanza “El rey que imaginó España y la abrió a Europa” (feito tan á ro estilo d’os tetulos d’as nobelas suecas), portia o intrafulcable siñal d’o politico, no pas a d’o istoriador.
¿Cómo si no ye posible asegurar con tal retundidá que Ferrando II “imachinó España” en ausenzia de tot fundamento decumental minimamén solido? Más agún: ¿qué acatan os promotors d’a esposizión por “España” en o contesto d’o sieglo XV? E, deduzindo de tan sosprendén frase-tetulo, que a España que imachinó Ferrando II plegó á materializar-se en estando el bibo ya que –seguntes se proclama– la “ubrió á Europa”: ¿de berdá l’ubrió el? ¿ye que yera “zarrata” á Europa antis d’a suya arribata á o trono?
Como cuaternaba Maquiavelo (contemporánio suyo, no l’olbidemos), Ferrando poseyeba a gran abelidá de lebar á cabo os autos de biolenzia y esleyaltá que consideró nezesarios d’alcuerdo con o suyo propio intrés como estadista e, tot de bez, esfrazar-los con os más nobles prenunziamientos e desincusas, presguardando con ixo a suya buena reputazión. Dato que, antiparti, aconsiguió mantener á toz ocupatos con as consecuenzias d’as suyas azions, encadenatas de traza que dengún no fuese capable de reyazionar cuentra ra berdadera naturaleza d’ístas, cuasi poderbanos afirmar que os que caducoron o tetulo d’ista esposizión nos han osequiato con a pieza más chenuinamén “ferrandenca” d’a muestra, campando como alunnos abentaxatos d’a suya “escuela politica”.
Isa y Fer
Porque una begata más, aprobeitando a gran nezesidá que tenemos as aragonesas e aragoneses de rebendicar-nos fren á terchibersadors pancatalanistas d’una Istoria que costituye uno d’os nuestros pilars identitarios, se nos ofrexe espleitar d’un cordero de fermoso pelello baxo ro que otula un lupo tan fidoso d’os nuestros bodiellos como qui nos aguaita dillá d’a clamor d’Almazellas. Os dos son lupos, profes, e nomás a lurda manca de recato d’o segundo (más espazenziato e bistable, no guaire ferrandenco) en preszindir de cualque pelello de cordero li fa parixer infinitamén más malo que o que se ye engoletando a nuestra memoria istorica sin que nos enteremos.
Reclamemo-nos á ra Istoria ta dizir que Ferrando estió un prenzipe atosegato por granizas deficultaz e que, como nino que s’educó (en siguindo a tradizión aragonesa) compartindo plenamén os perbenimientos d’o gubierno de su pai, Chuan II, se bió traumaticamén obligato á aprender aprisa e a desarrollar a más escarnata estruzia: a que naxe d’o afán de perbibenzia en metá d’un estato de terne bulnerabilidá. O suyo propio naximiento á Sos s’esplica porque su mai abió de buscar bel puesto razonablemén seguro, anque prosimo, sisquiera bels pocos kilometros d’una Nabarra cruelmén nastata por a guerra zebil en a que su pai Chuan II yera chugando-se a suya suerte e a d’a suya estirpe.
Pero as cosas nomás eban d’ir á pior ta os Trastamara d’Aragón. A crisis economica que dende a zaguera metá d’o sieglo XIV padexeba Cataluña yera agrabando una grieu crisis sozial. En 1412, a iniziatiba d’as elites aragonesas eba aprobeitato a debilidá catalana ta aconsiguir, con o Compromís de Caspe e o cambeo de dinastía, esplazar o zentro politico d’a Corona d’Aragón, arramblando-se-lo á Cataluña ta tornar-lo ta o Reino d’Aragón, apostar por una dibersificazión comerzial bulcata enta Castiella e l’ambito Atlantico que superase o estancamiento d’o comerzio mediterránio e soztituyir á Anglaterra por Castiella como aliato fren á ra cada bez más menazadera Franzia. Pero, si en o economico as cosas eban ito pro bien ta Aragón e Balenzia con iste estratechico cambeo cheopolitico, o declibe catalán continaba e acumulaba tensions equiparables á ras d’un polborín que, con a purna d’o conflito nabarro, iban á esclatar en una guerra zebil que durareba diez añadas (1462-1472) con laquias posteriors de confrontamientos en o Rosellón e a Zerdaña entre Aragón e Franzia.
A rebelión d’una parti d’a soziedá catalana, encapezata por a suya Deputazión, lebó á ísta á declarar o estronamiento de Chuan II en fabor suzesibamén d’os reis de Castiella, Portugal e d’a Casa d’Anjou. Ístos no embudioron en interbenir melitarmén cuentra Chuan II, metendo-lo en o atemadero e desichindo un sobreesfuerzo melitar e finanziero que pesó negatibamén sobre a recuperazión economica que yeran conoxendo os reinos d’Aragón e Balenzia.
En ixas añadas, Chuan abió de combenir e crebar alianzas alternatibamén con castellanos, franzeses e borgoñons en funzión d’os baibiens que ditaban os suzesos belicos; en pocas ocasions s’eba trobata a Corona d’Aragón tan atacata por diferens potenzias ribals e tan lasa d’aliatos fiables y, encara pior, con un conflito que se desarrollaba en o suyo propio territorio e menazaba con a perduga de Cataluña. Una situazión anguniosa ta ra corte aragonesa que, sin duda, eba de siñalar o caráuter d’o choben Ferrando, tan ligato dende a su más tierna nineza á l’autibidá politica, diplomatica e melitar d’o país. Ye pro posible que tot ixo adermase a suya presonalidá, produzindo en el una gran angluzia de poder e desarrollando a suya estruzia, a suya capazidá de desimulo e a suya implacable azión enta os que considerase como menazas reyals u simplamén potenzials.
Asinas as cosas, Chuan II, rei rebutato por una parti d’os suyos soxetos y engalzato melitarmén por os que gosaban querer suplantar-li, buscó refirme en un camal d’a familia reyal castellana (tamién d’a dinastía Trastamara) que cospiraba ta fer-se con a Corona de Castiella. Os dos grupos d’intrés se trobaban en una posizión de debilidá en os suyos respeutibos Estatos que deseyaban superar, e Chuan II no dandaló en pillar a iniziatiba ta achuntar as suyas fuerzas. L’alianza politica yera indisoziable d’a zercustanzia familiar, e o matrimonio yera a traza d’establexer istos binclos fiables que premitiban acodalar as retalinias en periglo u con ambizions e a potestá politica que ístos lebaban u podeban lebar asoziata. En ixe contesto naxió ro inzierto matrimonio (leiga-se tamién “alianza politico-dinastica”) de Ferrando d’Aragón e Isabel de Castiella.
Chuané
Dende a perspeutiba de Chuan e Ferrando, si iste matrimonio (que, remeremos, s’achustó dimpués d’arduas e largas negoziazions) fructificaba, Aragón podeba asegurar-se enfortir a suya alianza con Castiella, que s’eba bisto escabonata dende o Compromís de Caspe por o conflito d’os infantes d’Aragón e que mesmo eba meso os dos países en guerra en diferens episodios, estando o más menazador o produzito con a enchaquia d’a guerra de Cataluña. O matrimonio de Ferrando con Isabel premitiba esconchurar o periglo de que Franzia e Castiella tornasen á quedar aliniatos cuentra Aragón en un momento en que Anglaterra, que eba estataa redotata en a Guerra d’as Zien Añadas, ya no teneba capazidá ta autuar en o continén europeyo como aliata d’Aragón en que perdió Aquitania. Antimás, e continando con a nueba apuesta comerzial d’Aragón, Castiella representaba un mercato cada bez más importán ta ras esportazions aragonesas, balenzianas e catalanas, asinas como una bía enta o cada begata más puxán mercato atlantico.
Ta unos estadistas en una posizión tan bulnerable como a que ocupaban Chuan II e su fillo Ferrando (churato en 1461 como ereu d’Aragón e, dende 1468, rei de Sizilia), l’alianza matrimonial con Castiella teneba, antiparti d’as ya ementatas, atras abentaxas potenzials: Castiella eba alquirito unas dimensions territorials, demograficas y economicas colosals á ro largo d’a Edá Meya, pero politicamén yera muito débil, perén dibidita y en disputa. Ta un par d’abils trapazers como Chuan e Ferrando, Castiella amanixerba debán d’os suyos güellos como ixa mena de “bigardón” que lis podeba esfender d’atros agresors pero á qui podeban manipoliar con relatiba fazelidá en intrés propio.
De seguras que as nunzias con a prenzipa Isabel de Castiella yera ta ellos una “imbersión de futuro”, á penar de que o confrontamiento d’ísta con o suyo meyo chirmán Enrique IV eba achiquito considerablemén as suyas posibilidaz d’eredar o trono. L’abelidá d’os Trastamara aragoneses e d’os suyos aliatos castellanos e, no l’olbidemos pas, a suya buena suerte premitioron que a suya apuesta rendise os suyos esdebenimientos. As zesions protocolarias (por exemplo, en l’orden de preminenzia eraldica e d’os tetulos abastatos) feitas en as negoziazions satisfeban o puntiello d’os castellanos, pero a diferén potestá rechia que os ordinamientos aragonés e castellano reconoxeban á cada uno d’os consortes feba que Ferrando co-reinase en Castiella con Isabel, pero no pas o contrario. Isabel no yera reina d’Aragón con todas as potestaz d’as que espleitaba en Castiella, pues astí yera nomás que una reina consorte. Isto premitió á os aragoneses, en que burnioron as diferens fazions de poder de Castiella e, achuntatas as suyas enerchías, aplicando-las de traza prioritaria á ra culminazión d’a reconquista castellana (berdadero “campo de prebas” d’o que Ferrando podeba plegar á otener d’o suyo nuebo reino), mobilizar os inmensos recursos castellanos ta asolar as buegas aragonesas, recuperar os territorios perditos á mans de Franzia e consolidar e mesmo aumentar os suyos dominios en Italia e o Mediterránio.
Ta ra seguridá y entegridá territorial d’a Corona d’Aragón o benefizio estió inmeyato e Aragón e Balenzia recuperoron o suyo pulso economico, malas que a Cataluña redotata e arruinata (espezialmén a ziudá de Barzelona) quedó amarguinata en a suya atonía, sin más abentaxa en o sozial e -á más largo plazo- en o economico que a emanzipazión (prebio bosamiento) d’os labradors sozmesos á ras cargas e malos usos d’os siñoríos. Sin dembargo, a capazidá que eba alquirita Ferrando ta enfortir a suya posizión en a bastida d’o equilibrio de poders d’a costituzión pautista d’os suyos estatos aragoneses empezipió á escabonar os alazez d’ístos, en un prozeso que aberba de continar á o largo d’un sieglo e meyo antis d’estar biolentamén zircunduzitos en 1707 á penar d’o periodo de relatibo respeto d’o que eban tornato á espleitar dende meyatos d’o sieglo XVII.
Efeutibamén, os usos d’a corte castellana que Ferrando prebó de trasplantar á Aragón, e que en primeras se limitoron á o plano protocolario (por exemplo, o suyo inaudito enzerrinamiento en 1472 por drentar en a ziudá de Zaragoza baxo palio debán d’o enarcamiento d’as autoridaz), se trasladoron progresibamén á plano d’os feitos politicos d’alcanze. Manimenos, a suya azión trestucadera d’o sistema politico aragonés no estió tan lurda como ta gosar atacar-lo de cara, sino que fazió serbir meyos indireutos que se rebeloron pro eficazes ta cortazercuitar os controls forals debán d’as azions albitrarias d’o rei. Asinas, a istaurazión en 1483 d’a “nueba” Inquisizión li premitiba contar con una berdadera polizía secreta que, con a enchaquia d’a ortodosia relichiosa, exerzió un férreo control politico e ideolochico d’a poblazion en toz os suyos dominios e bistrayer as suyas azions represibas d’o sistema de guarenzias forals. Asinasmesmo, en 1487 s’apropió d’o gubierno d’a ziudá de Zaragoza que, fueras d’estar un zentro de poder dezisibo como capital d’o país e por exerzer un fuerte liderazgo drento d’o brazo d’as unibersidaz en as Cortes d’Aragón, gozaba d’un eszeuzional estrumento de represalia unilateral e desaforata, que a ziudá podeba exerzer y exerzeba de feito á ra suya discrezión cuan se consideraba que os suyos intreses eban estatos perchudicatos por terzers: o Prebilechio d’os Bente.
Asinas pues, mesmo en mostrando toda a suya bida un escrupuloso respeto formal e material d’a costituzión aragonesa, Ferrando II se precuró estrumentos que, emparatos por a desincusa relichiosa d’a pureza d’a fe u meyante o control d’o poder d’a suya ziudá capital, li premitioron reyalizar azions estinatas á imposar-se sobre a foralidá e o suyo sistema de guarenzias legals, presonals e politicas. Istas importans traferas en o edifizio politico aragonés quedoron ubiertas y en mans d’os suyos suzesors Habsburgo, qui las aprobeitoron e ixamploron ta sozmeter o país á ras suyas imposizions asolutistas como emperadors e reis “mudernos”, aspeuto tradizionalmén pro zelebrato por a istoriografía española que dende os tiempos de Menéndez Pidal (1869-1968) s’ha adedicata á pedricar o caráuter “fundador d’España” d’os Reis Catolicos ta refirmar as suyas ideyas politicas, espezialmén anque no pas esclusiba, en a ditadura franquista, y que encara tienen un sosprendén grau de pedricamento en os nuesos diyas.
A nueba filosofía d’o poder proyeutata en os planos politico, ideolochico, relichioso, sozial e cultural (toz ellos indisoziables en aquera epoca) á trabiés d’a Inquisizión estió determinadera ta que os dominios d’Isabel e Ferrando empezipiasen o suyo progresibo zierre á ras ideyas e inobazions d’Europa. Ferrando estió precisamén o rei que, d’aber-se puesto clamar “España” á ixe conchunto d’Estatos, la zarró á Europa. A España u Españas que bi eba antis de l’arribata á o trono de Ferrando yeran estatas ubiertas dende sempre; as suyas buegas yeran muito más permiables mesmo que as autuals e as chens e mercanzías (solo que con eszeuzionals limitazions en bellas ocasions), ideyas e modas, las esnabesaban más libremén mesmo que no pas en os nuestros tiempos. Os suyos suzesors habsburgo e borbons no fizioron que afundar en ixos suposatamén “mudernos” estrumentos que fundó Ferrando e que condenoron á ixa España que bels politicos intresatos dizen que imachinó á o sozdesarrollo ideolochico, zientifico, etico, moral y economico cualas consecuenzias encara lastran o nuestro progreso e bienestar en o sieglo XXI. Si a tesis de “imachinar España” merexe á o menos o benefizio d’un debate, a de “aber-la ubierto á Europa” ye tan incompatible con a esperenzia istorica que se dizirba que l’ha cudito un somarda con ganas d’ofender. Pero ixe ye prezisamén atro d’os clamorosos silenzios d’ista esposizión organizata por os nuestros apolocheticos gubernans: l’ausenzia de toda referenzia á ra Inquisizión e a espulsión d’os chodigos. Una atra begata más, a Istoria se manipolia tanto por azión como por omisión.
Ferrando II benefizió á ra Corona de Castiella en benefizio d’a Corona d’Aragón (mesmo l’ascrizión d’a conquistata Nabarra á ra Corona de Castiella, por exemplo, aseguró o embrecamiento castellano con cualque conflito con Franzia en os Pirinés) y en ixa mesma lochica faborexió os entrecambeos e a cordinazión entre os distintos Estatos d’os que yera monarca. No ye pordemás que desarrollase o sistema de birreinatos y estatueziese ro Consello d’Aragón ta lebar á cabo ixa faina dende Castiella, nuebo zentro politico d’iste imperio Trastamara. No ye d’estraniar que as cortes castellanas arreunitas á Toledo en 1480 recullisen en una lei as parolas d’os monarcas en proclamar que
Pues por la gracia de Dios los nuestros Reynos de Castilla y de León y de Aragón son unidos, y tenemos esperanza que por su piedad de aquí en adelante estarán unidos, y permanecerán en una corona Real: E así es razón que todos los naturales de ellos traten y comuniquen en sus tratos y facimientos
¿Se puede sacar treslato d’istas parolas e d’atros testos d’a epoca de semilar tenor (denguno ba dillá d’o que emos reproduzito astí alto) que Ferrando “imachinó” España? Dengún istoriador minimamén parejo lo sustenerba. Cosa no contrimuestra que o que se promueba siga atra cosa que a colaborazión de toz ta mantener un tarabidato politico composato de países distintos cuala unica (malas que importantisma) istituzión común ye a chefatura d’o Estato. O propio testo toledano reflexa un desideratum de que ixa unión dinastica perdure, pero no costituye un auta u estrumento legal d’unión u –encara menos- de fusión en un Estato unitario; ni sisquiera se conoxe garra fuero u auto correspondién que ise en ixa línia emanato d’as cortes chenerals u pribatibas d’os Estatos d’a Corona d’Aragón. Tampó no yera a primera unión dinastica que s’eba prebata de fer á o largo d’a Edá Meya entre amas coronas u con a de Portugal. Si fablamos de “imachinar España” en un sentito politico que, normalmén, ese de corresponder-se con o sentito cheografico que a parabra “España” ha tenito dende os tiempos d’os romanos, tenerban tantos u más meritos Alifonso I d’Aragón u cualsiquiera d’os reis lioneses entre os sieglos X e XI que Ferrando II d’Aragón.
De feito, ta os Reis Catolicos España tamién yera una nozión esenzialmén cheografica. A suya unión dinastica e o desarrollo de nuebas istituzions e organos de coordinazión comuns no comportaban a costruzión d’un Estato en a mida en que, por ellos mesmos, no soztituyiban á os tetulos de sobiranía territorial orichinarios en os que se fundamentaban as suyas respeutibas potestaz rechias. A leyenda que fegura en o friso d’o salón d’o trono d’o palazio reyal de Zaragoza (l’Alxaferiya) reyalizato en 1491, reproduze a denominazión ofizial d’os suyos tetulos politicos de sobiranía: Ferdinandus, Hispaniarum, Siciliae, Corsicae, Balearumque rex senifica en aragonés “Ferrando, rei d’as Españas, Sizilia, Corzega e Baleyars”. De forma más prolixa poderbanos espresar-lo asinas: Ferrando ye o sobirano de diferens reinos e prenzipatos d’España e, difuera d’iste ambito cheografico concreto d’a Europa continental, d’os reinos omonimos sitiatos en as islas u archipielagos de Sizilia, Corzega e Baleyars. ¡Astí lo tienen escrito, en o salón d’o trono d’o palazio d’os Reis d’Aragón que aloxa a esposizión, salón que han nabesato chuntos a Presidenta Rudi, o Rei Felipe VI e os suyos respeutibes equipes de cortesanos d’o sieglo XXI! ¿Dó dimonios beyen toz ellos o soxeto politico denominato España cuan o propio Ferrando II lis ha meso por escrito debán d’os suyos morros que no yera asinas, que se trataba d’atra cosa?
Salón
Parando cuenta d’o abezatos que yeran e continan estando os ombres e mullers d’Estato á reflexar as suyas aspirazions e angluzias en as suyas proclamas más solennes e de mayor fundo politico e propagandistico (e a d’o friso de l’Axaferiya en ye: en ella, por exemplo, Ferrando se da fueros como rei de Corzega, isla sobre a que os aragoneses no teneban contros efeutibo dende 1434, e no eban de tornar á aber-ne nunca), estrania que ixa ideya que suposatamén imachinó d’una España politica no quedase plasmata en a denominazión d’o suyo tetulo con un inequiboco Rex Hispaniae que, por ella sola, no estareba tampó una ebidenzia estraliadera d’a suya conzeuzión d’un Estato español unitario, pero á lo menos no escuentradezireba tal posibilidá.
Por si quedase bella duda sobre as posibles conzeuzions u barucas politicas de Ferrando, a suya conduta en as zagueras añadas d’a suya bida encara nos aduyará más á meter as cosas en o suyo puesto: l’ausenzia d’un ereu barón que asegurase o mantenimiento d’a mesma capazidá de control politico d’a suya dinastía en as coronas de Castiella e Aragón (en iste zaguero as reinas trasmiten a corona pero carexen de potestá rechia) e a impribable presa de control politico que suposó a entronizazión en Castiella de Felipe d’Habsburgo acaboron forachitando á Ferrando como factótum alazetal u exe d’o edifizio politico que eba creyato en colaborazión con Isabel de Castiella, beyendo-se de nuebo esplazato en quedar nomás que como rei d’os suyos Estatos patrimonials d’a Corona d’Aragón. Dimpués d’a conquista de Granada Ferrando eba aconsiguito ro refirme d’a bien engrasata maquinaria de guerra castellana ta aturar a espansión franzesa en Italia (guerra de 1494-1498) e mesmo aumentar o suyo dominio territorial en a zona completando l’anecsión d’o reino de Nápols (guerra de 1501-1504) á espensas de Franzia e ocupando dibersas plazas estratechicas d’o norte d’Africa. A muerte d’Isabel en 1504 e a enterrompizión de Felipe d’Habsburgo (clamato “o Fermoso”) refirmato por a nobleza castellana, acaboron escluyindo á Ferrando en 1506 d’o exerzizio efeutibo d’o poder en Castiella.
Ferrando yera coszién de que con a muerte d’Isabel, que se produzió en nobiembre de 1504, a suya alianza castellana tocaba á ra suya fin e caleba considerar nuebas alternatibas ta asegurar a posizión d’a Corona d’Aragón en o contesto internazional. Asinas pues, no perdió garra tiempo en escomenzar á negoziar una alianza con Franzia que podese restatuezer o equilibrio de fuerzas debán d’a inminén zircunduzión de l’alianza con Castiella. Ta escartar a posibilidá de que se produziese una suzesión castellano-habsburguesa ta ro trono d’Aragón e aposentar a suya relazión con o suyo nuebo aliato conzertó ro suyo matrimonio con a prenzipa Chermana de Fois, con a que estió á ra usma d’un deszendién pribatibo d’a Corona d’Aragón. Asinasmesmo, s’aseguró ascape o pleno control aragonés sobre Nápols destituyendo á Gonzalo Fernández de Córdoba como birrei e mairal d’o exerzito así esplegato qui, muito encarrañato e ferito en o suyo argüello, s’espachó con una fura imbectiba cuentra o “desagradexito” rei aragonés. A farsa d’as “Cuentas d’o Gran Capitán” ye toda una ronca que ha feito muito goyo á o melitarismo españolista e antiaragonés, pero a suya berdadera senificazión radiga en meter de reliebe a graniza esconfitanza de Ferrando enta Castiella e o risque de que en bel golpe de man ísta plegase á emparar-se d’as conquistas italianas.
Os acontezimientos posteriors abugan plateramén a rota rupturista entre Ferrando e Castiella: en otubre de 1505 (no eba trascorrito ni una añada dende a muerte d’Isabel I) ya yera casato Ferrando con Chermana de Fois, y en os meses posteriors Felipe o Fermoso, con o refirme d’a nobleza castellana (os poders urbanos, manimenos, refirmaban á Ferrando), prebocoron a renunzia de Ferrando á o gubierno de Castiella e a suya retirata á Aragón. Como beyemos, Ferrando autuó d’una traza que escarta esclateramén a esistenzia de toda ideya u “imachinazión d’España” en a suya azión politica. Sin arrenunziar en tot ro posible á enfluyir en a politica castellana, Ferrando ya no se parixe á un “rei español” sino que se torna á amostrar-se debán d’os nuestros güellos o estuto rei aragonés (con denteras asolutistas e presonalistas) que, á penar d’as aparienzias, nunca no dixó d’estar.
L’alianza matrimonial e politica entre as ramas aragonesa e castellana d’os Trastamara yera más que más ixo: un imperio trastamara que nomás eba de durar mientres que fuese útil ta ras fins esferenziatas d’os suyos creyadors. A suya finalidá esenzial estió a de mobilizar os recursos combinatos d’Aragón e Castiella e benefizio propio e, de perdurar, en benefizio d’o prenzipe de secso masclo que ese de suzeder á Ferrando e Isabel. Ta Ferrando, en ausenzia de suzesor apropio ta mantener iste esquema dinastico, l’alianza eba de crebar-se ta no fer periglar de nuebo a seguridá y entegridá d’as suyas posesions patrimonials, que yeran as d’a Corona d’Aragón, si se combertiban en un mero satelite d’a Corona de Castiella, como acabó suzedendo á causa d’o suyo fracaso en espartir as dos coronas en as zaguerías d’a suya bida.
Acompañato como eba estato perén por a fortuna, ísta l’abandonó en ixe zaguer oxetibo politico d’a suya bida e, como consecuenzia d’ixo, emologando de nuebo a suya acuta intelichenzia como ombre d’Estato ta prebeyer os acontezimientos esdebeniders, Aragón cayó baxo ro control d’a nueba dinastía imperial e castellanozentrista que afundó progresibamén e inecsorable en o prozeso d’asemilazión que, solo que por a fuerza d’as armas e por a imposizión libró, dos sieglos dimpués d’a muerte de Ferrando, o Estato unitario á ro que s’ha dato en clamar España.

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